viernes, 7 de octubre de 2011
Al día siguiente, me desperté temprano con la esperanza de ver que César había vuelto, pero por desgracia, no fue así. Miré el móvil, encendí el ordenador para ver el correo, miré el buzón; nada. Me vestí y posteriormente desayuné. De súpeto, sonó mi teléfono móvil, con un nuevo mensaje de Ángela y cifrado, para no variar; “OZ-IBK-V-XZÑV-V-RZI-VG-HPZGGZ-V-GVÑ- 17:00” Corrí nerviosa hasta el escritorio en busca de papel y lápiz para descifrar el nuevo mensaje. Con tantos nervios, tardé en hacerlo, pero finalmente lo hice. El mensaje decía lo siente: “Tengo a César, ven al muelle a las 17:00” Ángela me estaba citando, ¿para qué? Un escalofrío recorrió mi cuerpo, impidiéndome pensar en algo que no estuviese relacionado con aquel gran problema que era cada vez más grande e inminente. Fui a la cocina a por un vaso de agua, cuando el silencio se esfumaba dejando oír la melodía del teléfono móvil de nuevo. Esta vez era un mensaje de César, y no estaba cifrado; “No vallas, ¡es una trampa! Intentaré escaparme de aquí cuanto antes, no te preocupes. Te quiero.” ¿Qué debía hacer ante aquella situación que se presento sin ni si quiera preguntar si estaba preparada para afrontarlo? Intenté pensar por un momento como la persona adulta que era, pero todo lo que estaba sucediendo me lo impedía. Traté de relajarme, cogí aliento y me dispuse a tomar una importante decisión. Por una parte, Ángela me esperaba a las 7 de aquella misma tarde, pero por otro lado, César me dijo que no fuera, que era una trampa. No quería pensar en las consecuencias si decidía no acudir, a si que decidí asistir pese a la advertencia de César. Estaba claro que no podía ir desarmada, a si que pensé en cómo hacerme con algo que pudiera usar en caso de que las cosas no transcurrieran como deberían. En aquel momento, me acordé de la colección de pistolas recortadas que le había regalado el abuelo del pueblo a César. Busqué en el archivador, en el armario, debajo de la cama, en el salón, pero no encontré nada. Entonces, me vino a la mente un vago recuerdo de unos días anteriores en los que César me dijo que las había guardado en el trastero porque no sabía dónde ponerlas exactamente. Apenas faltaban 20 minutos para el esperado encuentro en el muelle, así que me vestí, cogí las llaves del trastero y fui en busca de las pistolas. Subí las escaleras de dos en dos, y así los cuatro pisos hasta llegar a los trasteros. Busqué la puerta del 3º C que parecía estar a final de un túnel que nunca acababa, y cuando por fin llegué, intenté meter la llave, pero no era capaz de abrir la puerta. Tras varios intentos fallidos, mi mirada se fijó en una llave inglesa que se hallaba tirada en el suelo y sin pensarlo dos veces, empecé a aporrear las bisagras de la puerta. Lo logré, quite la puerta y la puse a un lado, entré, y comencé a buscar una caja pequeña, de color negro y rojo. Cuando por fin la encontré, contemplé que el destino me había puesto otra prueba más; la caja tenía un candado con contraseña. Debía adivinar los 8 dígitos si no quería dejar a César sin ese preciado recuerdo, así que empecé a introducir dígitos, pero ninguno era la clave. Justo antes de ir a por la llave inglesa, probé con los números 2.0.0.3.2.8.1.1, mi fecha de nacimiento y la de él. Exactamente, esa era la contraseña, y justo en ese momento me di cuenta de que tenía un novio totalmente predecible. La caja contenía 8 pistolas recortadas de calibre (--). Cogí dos y las cargué con unas balas que había guardado César para casos de emergencia. Salí tan rápido como pude, pues me quedaban 10 minutos, y hasta dejé la puerta tal y como la dejé al entrar. Bajé las escaleras tan deprisa como pude. Mi corazón bombeaba adrenalina en estado puro. Ya fuera del edificio, corrí por el callejón que me parecía más despejado, y en unos 4 minutos, comencé a divisar el viejo muelle. Me paré, eché un vistazo y enseguida miré a una chica de espaldas que parecía ser Ángela. Me acerqué cautelosamente y mi cerebro comenzó a analizar la situación. Ángela se dio la vuelta para comprobar que ya estaba allí. Tenía a César amordazado y atado de pies, manos y tórax a una vieja y correosa silla al borde del ala oeste del muelle. A 10 kilómetros de distancia se podía oler el tenso ambiente que allí se creaba. Me daba la impresión de que Ángela no se había percatado de que yo llevaba conmigo dos armas, pero yo si sabía que ella contaba con un cuchillo de, al menos, 15 centímetros. A 10 metros a su derecha, se encontraba un hombre corpulento, vestido completamente de negro y con cara de muy pocos amigos. Ángela me lanzó una mirada un tanto extraña, y a continuación me explicó el trato que ella misma había planeado: -Tú por él. Sencillo, justo y necesario. Tu vida a cambio de la de él. ¡Piensa que aquí todos salimos ganando! César y yo sin ti, tú sin nosotros y nosotros juntos. Además, ¿no sería bonito eso de arriesgar tu vida a cambio de la del hombre que parece que estas enamorada? Sería una cuestión de honor, de honradez, eso de poder decir; “estoy arriesgado mi vida por un hombre a quien quiero, y no me importa morir…” Dime, ¿no sería bonito poder decir y hacer eso?-
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