viernes, 7 de octubre de 2011

Capitulo 4.

A la mañana siguiente, nos despertamos temprano, preparamos la comida, la metimos en recipientes, preparamos las mochilas y llamamos a nuestros mejores amigos para decirles que ya estábamos preparados. Ayer, habíamos quedado para ir a pasar un día a las afueras,-pues nos los encontramos en el ascensor-, y quedamos en ir a un monte con un rio. Cogimos un coche que nos habían dejado los profesores, pues disponíamos de 3 mientras no tuviéramos el nuestro propio. A la ida, conduciría César, y de vuelta Rubén, nuestro amigo, pues aunque las chicas también teníamos carnet de conducir, ellos eran unos caballeros…Nos pasamos el camino hablando de diversos temas. En un momento determinado, no sé como salió el tema, comenzamos a hablar de si nos queríamos casar, tener hijos…César y yo coincidíamos en que querríamos tener dos, chico y chica. Sus nombres favoritos eran Eloy y Marta, y los míos eran Erick y Lorena. Nuestros nombres también nos gustaban mucho, pero no nos gustaba ponérselos a los hijos también, pues sería un poco lioso. Rubén y María querían tener tres hijos. Él quería dos niñas y un niño, y ella al revés. En los nombres, había muchos y no se ponían de acuerdo. Ellos ya eran pareja, desde hacia nueve meses. Les teníamos mucho cariño, y éramos amigos desde comienzos de la E.S.O. Aún me acuerdo, que me sentaba junto a César, dos años enteros al lado de él. Cuando me despistaba mirando el color de sus hermosos y azulados ojos, y los profesores me formulaban alguna pregunta, él me sonreía y me decía las respuestas en un bajo tono que tan solo yo podía escuchar. César también se perdía muchas veces, a lo mejor mirándome también. Me acuerdo, que en tercero, el se sentaba detrás de mí. Nos escribíamos cartas, y, cuando el profesor de la hora que teníamos no se daba cuenta, me daba media vuelta, tan solo verlo, me llenaba de alegría. Seguro que él se a cuerda tan perfectamente como yo, y seguro que tiene las cartas guardadas, como yo…
Tras dos horas, llegamos a un precioso monte. El río era de agua clara, era bastante ancho y no tenía mucho desnivel. Pusimos el típico mantel a cuadros y sobre él la comida. Comimos a la sombra de un árbol bien grande. Después de comer, Rubén y María se fueron a bañar. Mientras, César y yo nos sentamos debajo de un gran árbol, daba mucha sombra y la hierba estaba verde y fresca. Nos sentamos los dos juntos, y César me agarró. Me abrazó. Estuvimos un buen rato abrazamos, hasta que empecé a oír unas preciosas frases de parte de César. Sus palabras eran cada vez más dulces. Me decía cuanto me quería, y… un montón de cosas así. De repente, giramos las cabezas para mirarnos... Los ojos de César me mostraban todo el cariño que me tenia, y todo el amor del mundo que se podía sentir. En un instante, mi corazón se detuvo. Sentí los labios de César, y no en la mejilla como siempre. En ese instante me sentía en el cielo. Nos besamos. Nunca había sentido nada igual… Después de ese, vinieron muchos más. Cada uno mejor que el anterior, pero no mejor que el primero, pues sería el mejor de mi vida. El corazón me latía a tanta velocidad que no sabía si lo tenía o si se había esfumado. César se notaba muy contento, al igual que yo, pero un poco de nerviosismo llegaba a nuestros cuerpos por temor a que algo saliera mal, o que algo malo nos pasara. César me abrazo tras muchos besos. No sabía en qué estaría pensando César, pero seguramente en lo mismo que yo… Todo era perfecto; bajo un árbol, los dos abrazados, escuchando el río y el cantar de los pájaros… Y el beso, nuestro primer beso. Cuando Rubén y María llegaron, nos fuimos nosotros a bañarnos. No por no estar todos, si no porque cada pareja quería tener su ratito alejados del ruidoso mundo de hoy en día. Después también nos daríamos un chapuzón todos juntos. César estaba espectacular con su bañador, de dibujo la bandera americana, y yo creo que también, pues me agarró por la cintura de perfil y soltó un soplido que daba a entender bastantes cosas… Nos metimos en el agua, estaba fría… ¿o éramos nosotros que nos estábamos derritiendo?, posiblemente. Tras mojarnos y dar unas brazadas, nos acercamos poco a poco, con una mirada tímida y una sonrisa tierna trazada en cada uno. Le agarré. Tocaba el cuerpo perfecto de César, ¿estaba en el cielo? Si, estaba tocando a un ángel. De nuevo, nos besamos. Tras algún tiempo abrazados, nos separamos un poco, aunque estuviéramos allí días y días, nos parecería el tiempo más corto del mundo. Nos dimos unos chapuzones e invitamos a Rubén y a María a meterse en el agua con nosotros. César y yo, salimos tras un rato y nos secamos, más tarde juntamos las toallas y nos acostamos juntos. César me acariciaba, y yo también a él. Después nos pusimos a jugar con ellos a diversos juegos. Nosotros teníamos una alegría enorme, cosa que nuestros amigos desconocían el porqué, o eso pensábamos. Sobre las nueve de la noche, recogimos las cosas y nos dirigimos a casa. Ya conducía Rubén, y nosotros dos íbamos atrás. Fue entonces cuando César me pregunto si lo de hoy iba enserio, a lo que yo respondí, “por mi por supuesto, no sé qué opinara usted…”. Su respuesta, “por supuesto que sí, madame.” acompañado de un beso. Entonces se lo dijimos a nuestros amigos, los cuales se alegraron un montón y nos felicitaron. ¿Quién nos iba a decir a mí que sería la novia de César y más aun en Los Ángeles? César se veía muy contento, sus ojos una vez más lo delataban, pero el mismo me lo decía… ¿Y yo como estaba? Incrédula. Puede que fuera porque siempre fui una persona un tanto escéptica, pero no daba crédito a lo sucedido. Cuando llegamos a casa, descargamos todo, nos despedimos de María y Rubén y entramos en casa. Nos encontrábamos recogiendo todo cuando César me dijo; “¿Y las camas…? ¿Qué les hacemos?” Lo abracé y se me escapó una carcajada. Decidimos juntar las camas, pues así dormiríamos mejor. Nos acostamos, nos dimos las buenas noches acompañadas de dos besos y nos dormimos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario